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El Rico y el Pobre

(67)

Sermon shared by Lou Seckler

May 2002
Summary: How our indifference in the way we treat others can deprive our eternity with God.
Audience: Believer adults
About Sermon Contributor
Sermon:
El rico y el pobre
Leer Lucas 16:19-31

Si comparamos la vida de un pordiosero con la del magnate Bill Gates, obviamente daríamos preferencia a vivir como un rico. No se compara la comodidad y los placeres que ofrece a la persona una vida opulenta: millones de dólares en la cuenta bancaria, mansiones en varios lugares pintorescos del mundo, popularidad, muchos amigos, siervos, etc.

Hay en los Estados Unidos una publicidad donde aparece una pareja en un carro. De repente ambos empiezan a hablar a la vez, intentando anunciar algo muy importante. Después de un intercambio de palabras es el hombre quien habla primero y sus palabras son breves: “Cariño, creo que debemos separarnos”. Después de una pausa es la mujer quien hace el anuncio: “Querido, quería decirte que ayer gané el premio mayor de la lotería federal con más de un millón de dólares”.

El pordiosero, en su mayoría enfermo, ciego o cojo, depende de la misericordia de los demás, vive de los centavos que sobra de la persona que le encuentra en la calle. Se alimenta mal y no tiene amigos. Su futuro es morir como un indigente.

El pobre de la parábola de Jesucristo (Lc. 16:19-31) se llama Lázaro y es el único personaje de todas las anécdotas de Cristo que lleva nombre, creo que para hacer la narrativa más realista. En ella vemos la posición de Lázaro en la tierra: sentado a la puerta de la mansión, su apariencia era tan repugnante que solo los perros se acercaban. Aun lo que cayese de la mesa del rico sería magnífico para el pobre Lázaro, pero de allá no le sobraba nada.

La disparidad en que ambos vivían era muy grande. El rico con todo y con todos el pobre sin nada y perros como amigos. El pobre anhelando las sobras del rico que se hartaba él y sus amigos con los platos más exquisitos.

Aquí la historia de Jesucristo tiene una transición muy repentina.

Ambos se mueren: al mendigo lo llevan los ángeles y al rico los enterradores.

El destino eterno de aquellos hombres se invirtió: Lázaro, que toda su vida fue un pordiosero, al pasar a la eternidad se hizo millonario. Su paz y tranquilidad en el paraíso o el “seno de Abraham” era algo inestimable, algo que cualquier magnate hubiera dado toda su fortuna con la finalidad de obtenerla. Los judíos antiguos creían que la salvación era privilegio de los ricos. Creían que por sus grandes ofrendas, por el respeto y la dignidad que recibían de los líderes religiosos parecía que eso les garantizaba un lugar en el cielo. Es por eso que Jesucristo cuenta la parábola escrita por Lucas.

Indignado por el lugar eterno que le tocó, el rico empieza a hacer sus “contactos” para que cambiaran su situación. Según opinaba él, era obvio que habían cometido un gran error haberle enviado al infierno. Pide misericordia a Abraham, todavía trata a Lázaro con desprecio al decir: “manda a Lázaro...” como si el pobre pordiosero fuera todavía su siervo o alguien inferior al rico. Ya no le importaba que Lázaro tenía llagas en los dedos, lo importante era que le mitigara la sed al rico. Pero Lázaro, de aquel momento en adelante estaría disfrutando, según los judíos, lo mejor del cielo o del paraíso, en el seno de Abraham.

Aquí vemos algo interesante en la confianza que tenían los israelitas. Creían que serían salvos por el mero hecho de ser descendientes de Abraham. No señor. La salvación y la misericordia la recibimos solamente al rendirnos
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