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Tu ejemplo: el rey de paz

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Sermon shared by Alberto Valenzuela

February 1991
Summary: En un mundo de guerra y disensión, Jesús nos llama a ser pacificadores. ¡Una misión imposible! ¿O será que es imposible? ¿Qué es lo que espera Jesús en realidad de nosotros? ¿Qué es lo que quiso decir con esta bienaventuranza? ¿Qué o quién es un pacificad
Denomination: Adventist
Audience: General adults
Sermon:
Tu ejemplo: El Dios de paz

Hace mucho tiempo atrás vivía un rey. Este era un rey sabio y maravilloso. También era un rey amable y amoroso.
A este rey le gustaba dar regalos. No necesitaba ninguna razón para dar sus regalos; los daba porque quería. Sentía gran placer al hacer a su pueblo feliz.
A algunos de sus súbditos el rey dio tierras con montañas y arroyuelos. A otros dio campos prósperos y ríos. Otros recibieron tierras rodeadas de aguas que estaban colmadas de peces. La gente amaba a su rey. Se gozaban de los regalos que les daba. Eran muy felices.
Fueron muy felices, más bien, hasta que quisieron más.
“Esto no es suficiente. Danos más. Tu eres el rey. ¡Tú tienes todo!” gritaron.
El rey era tan bueno y tan amable que no se enojó. En lugar de enojarse, enseñó a la gente con las montañas como cortar los árboles y como hacer fuego con la leña. Ahora podían hacer muchas cosas con el regalo del fuego.
Enseñó a la gente con los campos como arar y plantar nuevos frutos en la tierra. Ahora podía cosechar mucha comida.
Para la gente junto a las aguas, hizo botes, para que pudiesen encontrar las muchas clases de peces. Y fueron lejos sobre el agua.
Pronto la gente con el fuego dijeron a los demás: “El rey nos ama más porque nos regaló el fuego.”
“¡Oh, no! El nos ama más porque nos ayudó a sembrar comida,” contestaron los dueños de los campos.
“¡Son unos bobos!” dijo la gente de los botes. “El rey nos ama más porque nos permite viajar lejos sobre las aguas mientras ustedes tienen que quedarse en la tierra.”
Todo este argüendeo molestó mucho al rey. No le agradaba escuchar a su pueblo discutir. Lo ponía muy triste. Al fin, no lo pudo soportar más y dijo: “Mi gente, los amo a todos. Y deseo que aprendan a amarse los unos a los otros. En lugar de estar discutiendo y peleando, ¿por qué no comparten lo que les he dado?”
La gente se asombró de escucharle decir esto. Sacudieron sus cabezas con incredulidad.
“¿Compartir? ¿Quieres que compartamos?”
“Así mismo. Eso es lo que yo he hecho. He compartido mis regalos con ustedes. Ahora les pido que compartan los unos con los otros. ¿Es eso tan difícil?” preguntó el rey.
La gente agachó sus cabezas. No podían ver al rey; no se podían ver unos a otros. Sí, el rey les había pedido algo muy difícil. Les había pedido que dejasen de pensar en ellos mismos y que pensasen en los demás.
La gente pensó y pensó acerca de este asunto de compartir. ¡Qué cosa tan difícil había pedido el rey![1]
Esta historia pareciera ser la historia de la humanidad a lo largo de los siglos. Difícilmente ha habido una ocasión cuando los unos no hemos sentido envidia de los otros. Difícilmente ha habido un período en el cual los unos no nos hemos sentido superiores a los otros. Desde la historia de Caín y Abel, pasando por Cortés y Moctezuma, hasta Sadam Hussein y los kurdos, siempre ha habido este problema: No nos podemos llevar los unos con los otros.
Es tan general este problema que pareciera difícil encontrar a quien se le apliquen las palabras de Jesús:

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mateo 5:9).

Para que te hagas una idea de qué tan difícil es encontrar este tipo de personas, de acuerdo al Canadian Army Journal, un ex-presidente de la Academia Noruega de Ciencias, ayudado por historiadores de Inglaterra, Egipto, Alemania e India descubrieron
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