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Summary: En un momento u otro, todos queremos distinción. Todos queremos que nuestro nombre sea conocido. Todos queremos salir del anonimato. Es una de nuestras tendencias. De la misma manera como tendemos a buscar la felicidad, el confort, el consejo, la compañía

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Cuestión de orgullo

Vamos a decir que tienes trece años, nacido y criado en otro país, y estás buscándo la manera rápida de conseguir diez dólares.

¿Se te hubiera ocurrido escribir una carta—simplemente solicitando diez dólares yanquis—al presidente de los Estados Unidos?

Hubo un jovencito de trece años al que se le ocurrió.

De hecho, la audacia de la carta fue tan impresionante que hasta el día de hoy está en los Archivos Nacionales. Era el año 1940 y lo demás es el RESTO DE LA HISTORIA.

En el otoño de 1940 era un jovencito de trece años, recibiendo una educación particular en una escuela parroquial estricta.

Es claro que todo jovencito a esa edad quiere atención. Este jovencito quería prestigio. Todos los días pensaba en su anonimidad y en la manera de deshacerse de ella—alguna manera de convertirse en una celebridad entre sus condiscípulos.

Entonces se le ocurrió.

En la escuela había aprendido mucho acerca de los Estados Unidos de América, la nación más rica, poderosa y generosa de todo el mundo. ¿Qué si pudiese, de alguna manera, sacarle diez dólares al presidente de los Estados Unidos?

La idea se convirtió en una obsesión.

Tendría que escribir una especie de carta, redactada cuidadosamente, por supuesto. Una carta solicitando el dinero mientras vagamente se prometía algo a cambio del mismo.

El jovencito había estudiado suficiente inglés como para que se le entendiese lo que ingeniosamente pedía por escrito.

Dirigió la carta al presidente Franklin Roosevelt, pidiendo directamente diez dólares porque “…no he visto un billete verde de diez dólares americano y me gustaría tener uno…”

Casi al final insinuó que su país era rico en hierro—y ¡el sabía como el presidente lo podía conseguir!

La carta estuvo en el correo al otro día. Orgullosamente este joven autor anunció a sus amigos que el presidente Roosevelt le iba a enviar algo de dinero.

Sus amigos se rieron. ¿A quién se le iba a ocurrir una carta del presidente? La idea que fuese a recibir dinero era aún más absurda.

Las burlas de los jovencitos la hicieron despertar de golpe. ¿Qué si el presidente Roosevelt simplemente tiraba la carta en el bote de la basura? Había presumido prematuramente y ahora tendría que pagar con el ridículo.

Pero el jovencito recibió una respuesta. La respuesta fue escrita por un cónsul de la embajada en nombre del presidente de los Estados Unidos:

“El presidente ha solicitado a esta embajada que reconozca, con una expresión de aprecio, su carta del 6 de noviembre, 1940, escrita en ocasión de su reelección.”

No venían los diez dólares.

Mejor suerte.

Pero cuando el jovencito trajo la carta de la embajada a la escuela, las monjas católicas se impresionaron lo suficiente como para ponerla en el boletín de la escuela por toda una semana.

No sabían que el jovencito había tratado de sacarle diez dólares a Franklin Delano Roosevelt.

Tampoco se podrían imaginar que el Departamento de Estado de los Estados Unidos guardaría la carta del jovencito, solo para revisarla con asombro treinta y ocho años más tarde.


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