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Summary: Sermón #3 de la serie "Tesoros del Padrenuestro". Cuando oramos. . . venga tu reino, hágase tu voluntad, como en los cielos, así también en la tierra. . . le estamos haciendo una invitación a Dios para que sea nuestro Señor. A veces lo que habla nuestra

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El tesoro de la soberanía de Dios

Mateo 6:10

Ya hemos tratado que Dios estableció una relación familiar con nosotros y nos dio el privilegio de llamarle Padre por amor y por fe en Cristo le llamamos nuestro. Hemos establecido el sitio donde habita y lo que significa santificar su nombre. Hoy continuamos con los tesoros del bosquejo de Cristo sobre la oración. En esta porción podemos ‘leer entre renglones’ que Dios nos dice que él es nuestro Padre que nos amó tanto que dio a su único Hijo para que todo aquel que en el cree, no se pierda mas tenga vida eterna. Muchos se quedan hasta allí en el cristianismo. Jesús es su Salvador pero no su Señor. Cuando oramos. . . venga tu reino, hágase tu voluntad, como en los cielos, así también en la tierra. . . le estamos haciendo una invitación a Dios para que sea nuestro Señor. A veces lo que habla nuestra lengua no concuerda con lo que “entendemos”. Muchas veces hacemos vanas repeticiones. Por lo tanto, es importante saber qué estamos diciendo al orar. Una declaración sin sentido no logra nada, pero cuando la lengua concuerdo con el Espíritu de Dios y declara con sinceridad y fe: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad”, se establece el rumbo correcto en la vida.

Oración de transición: Hay cuatro esferas donde se debe pedir (y dejar) que Dios sea Señor.

1. En uno mismo (Santiago 5:16).

A menos que estemos individualmente en buenos términos con Dios, nuestra oración no será eficaz. Cuando ora “Venga tu reino. Hágase tu voluntad” está pidiendo que el reino de Dios (su justicia, gozo y paz), se establezcan en usted y que su voluntad sea implantada diariamente en su espíritu. Cada uno necesitamos sabiduría y revelación divina para administrar correctamente nuestra casa, trabajo, recursos y etc. Es lindo invitar a Dios a que tome su lugar que le corresponde en el trono de nuestro corazón y a gobernar nuestro espíritu, alma y cuerpo. Pidámosle a Dios que nos invista de habilidad, eficacia y poder. En las palabras de Judas “Edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo” (verso 20). Muchas veces no estamos dispuestos, o no tenemos tiempo, para quedarnos en la presencia de Dios hasta que esté fijado el curso para nuestro día y el Espíritu Santo se active en uno. Esto es de mucha importancia, porque si Jesús no es Señor en uno mismo, menos podrá ser Señor en nuestra familia.

A. Muchas personas no entienden que el Señorío de Dios principia en nuestro interior. El campo de batalla es la mente. En 1ª Corintios 10:3-6 Pablo nos da una buena explicación de esto. Aunque vivimos en la carne, nuestra lucha no es de la carne. Luchamos contra potestades del aire. Y el terreno que nuestro enemigo infiltra con frecuencia es la mente. Por lo tanto, debemos llevar nuestros pensamientos cautivos, o sea deliberadamente, con conciencia a la cruz de Cristo. No podemos evitar que el enemigo ponga pensamientos en nuestra mente, pero sí podemos evitar que se arraiguen allí. Cada momento, llevemos nuestro pensamiento al autor y consumador de nuestra fe. Dejando que él nos renueve cada día mientras nos transforma a su imagen.

B. Si llevamos nuestro pensamiento a la obediencia a Cristo, nuestras acciones son el resultado de habernos sometido a la soberanía de Dios. Muchos dicen que debemos hacer buenas obras para obtener favor de Dios. En realidad, hacemos buenas obras PORQUE tenemos el favor de Dios (Juan 14:15). Somos salvos por gracia y por amor le obedecemos y cumplimos los mandamientos (Mateo 22:37-40). Al ser Dios Señor de usted es fácil luego dejar que él sea Señor en su familia.

2. En su familia (1ª Timoteo 3:4 y 5)

Si usted es casado, ore por su cónyuge. Ore pidiendo que la justicia, la paz y el gozo gobiernen la vida de su pareja. Haga la declaración de fe: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad”, y ore por las necesidades de su cónyuge hasta que el Espíritu le dé libertad para avanzar en la oración. Esto es esencial, porque si pierde su propia casa, su servicio en la obra será estorbado.

La esposa de un joven evangelista estaba a punto de dejarlo. Parecía que estaba más preocupado por su reputación y por su programa de reuniones que por ser solícito con su esposa y buscar la restauración de su matrimonio. Mientras se arrodillaba para orar por el gran servicio que quería llevar acabo, el Señor le preguntó que si pensaba que él le podría confiar su iglesia si no era capaz de cuida de su propia esposa. Le recordó que debía amarla como él amó a la iglesia.

Nuestra familia debe tomar primer lugar en nuestra vida. Y dicho sea de paso, la familia consiste de usted, su cónyuge y sus hijos. Mamá, papá, hermanos, abuelos, tíos y sucesivamente, son familiares. El varón es responsable ante Dios por su familia pues él es el sacerdote. No relegue este trabajo a su esposa. Muchos han tratado de ganar a todo el mundo para Dios y han perdido a sus familias. Admiro un hombre que tiene éxito en el ministerio, pero mucho más admiro a un hombre cuyos hijos lo respetan y sirven a Dios instados por el ejemplo piadoso de un hombre de Dios. ¡Que Dios nos ayude para ganar primero a nuestras familias y luego al mundo! Preste atención a lo que el Espíritu Santo le dice respecto a sus hijos. Pida que “Venga el reino de Dios y se haga su voluntad” en sus vidas.

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